Gabriel García Marquez, genio de la literatura universal y premio Nobel de Literatura falleció el 16 de abril de 2014 en México DF a la edad de 87 años. Descanse en paz.
Autor de Cien años de soledad, la más importante novela de la literatura latinoamericana y máxima representación del realismo mágico. Creador del inmenso mundo de Macondo y sus habitantes.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de piedras pulidas blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todo los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nueves inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las palas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desaparición de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: "Para eso no sirve".
Del libro Cien años de soledad.
viernes, 18 de abril de 2014
jueves, 10 de abril de 2014
Amsterdam
Propuse este libro
y La aventura de un fotógrafo en La Plata,
(a mi modo de ver, superior), como alternativa humorística a la carga trágica
de Meridiano de sangre. No me extrañó
que lo votara la mayoría de los que acababan de leer Viaje al fin de la noche.
Aunque obtuvo el
Booker Prize en 1998 o tal vez precisamente por eso, parece ser la menos
valorada de las novelas de McEwan, y puede que sea una obra menor que Expiación o Amor perdurable, pero a mí me resulta muy divertida.
No es una gran
novela porque condesciende a buena parte de los ingredientes que garantizan el
éxito: personajes de élite cultural y política, sofisticación, música (podría
haber sido ciencia como en Sábado o Solar), y uno o varios dilemas morales (el que enfrenta a Clive ante una
víctima de violación, muy traido por los pelos, la verdad) no definitivamente resueltos.
No puede ser una
gran novela porque empieza muy bien pero va perdiendo vigor, se dispersa y lejos
de cumplir todo lo que promete el primer capítulo, acaba casi en sainete. Es
una lástima que el resto de la novela no esté a la altura de se primer capítulo,
tan brillante y eficaz.
Efectivamente, tiene
demasiados fallos para ser una gran novela: el mundo de Vernon en el periódico
no está logrado; es excesivamente esquemático, la deriva obsesiva exagerada y el
final es innecesariamente paródico ....
Y sin embargo, es
muy, muy divertida y tiene muchas cosas positivas:
Para empezar, es un
cuento moral magistralmente introducido con la cita inicial de un verso de W.H.
Auden - poeta incuestionablemente moral
- que invoca la amistad, la separación y el
error.
No es fácil que un
cuento moral, por actual que sea su presentación y ambigua que sea la postura
del autor (que aquí no es mucho), resulte tan entretenido. En el funeral de
Molly no sólo se nos presenta a los personajes principales y su nexo de unión,
sino se delimita un territorio, el contexto de relaciones y personas que se nos
va a mostrar y que, a medida que avanza el libro, va a ser escarnecido. La
sátira más o menos amable encubre apenas el escarnio subyacente que llega a la
crueldad con el ridículo fracaso que sufren primero Vernon y luego Clive, cada
uno a su yerro.
Me gusta la
elección de los fracasos respectivos. La vuelta de tornas que consigue la
esposa de Garmony a la publicación de las fotos y el fallido estreno de una
sinfonía del milenio que repite la novena de Beethoven son parábolas eficaces
que ilustran cómicamente la frustración de las hinchadas autoexpectativas de
una generación de intelectuales, profesionales de éxito y artistas de medio
pelo de los años sesenta y setenta.
En segundo lugar, la
sátira parte de los dilemas morales que enfrentan los personajes. Y en esto resulta
muy efectiva la “focalización” del autor en uno u otro personaje para situarnos
en la perspectiva desde la que Clive y Vernon ven los acontecimientos que se narran.
Pero está claro que Clive interesa más al autor y centra más la atención..
Seguramente porque asume o encarna o expresa (caricaturizados) sus propios
gustos musicales y su reticencia ante el arte vanguardista, que hoy considera
ya “ortodoxo”. Esa mayor focalización de la narración en la óptica de Clive
contribuye, creo yo, a la dispersión y trivialización de la trama, pero también
nos permite una mayor familiaridad con el personaje y con su pensamiento. Una
familiaridad que, paradójicamente, hará más patético todavía el ridículo final
de Clive. No terminamos de saber quién de los dos fracasa peor, pero, más
familiarizados con el curso de pensamiento de Clive, tendemos a vivir más con
él y con su “público” el bochornoso estreno de su sinfonía del milenio, tan
parecida a la novena de Beethoven. (Algo que puede ser la pesadilla recurrente
de todo compositor).
Es muy buena
también la capacidad de sintetizar muchas cosas con detalles aparentemente
nimios que lo dicen todo. Aunque Molly está muerta desde el principio, la
conocemos bien a través de los recuerdos de sus amantes; los. pequeños detalles
y sensaciones que experimentan Clive y Vernon, en relación con la enfermedad de
Molly, explican su extraño pacto de eutanasia;
la conmovedora descripción del ambiente de la comisaría en que Clive
participa en una rueda de reconocimiento.
También son
pequeños detalles los que anticipan la fragilidad de la amistad; el momento en que
Clive empieza a interpretar sus más generosas aportaciones a la relación y lo
“poco” que había recibido de Vernon, y que sea muy poco después de haber
albergado tales pensamientos, cuando, cargado de autoridad moral, advierta a
Vernon del dilema moral en que le sitúa su proyecto de publicar las fotos del
Ministro.
Sin embargo, esa
fragilidad no explica suficientemente la retorcida y disparatada venganza de
los amigos. La sátira hacia el final degenera en sainete y se pierde la oportunidad
de explorar más otras razones que meramente son sugeridas, como el aislamiento
de la edad.
El que sea
precisamente el declive mental y la muerte de Molly lo que saca a la luz en los
dos hombres, ese factor oculto de soledad y aislamiento, o el que, su
relación con la misma mujer, sea el nexo
espiritual que fundamenta su amistad al punto de que, desaparecida ella, sucumban
ambos a la aversión y el rencor, son aspectos meramente apuntados que merecían
mayor atención. Pero la novela hacia el final carga el énfasis en los aspectos
públicos de la vida de los personajes, en detrimento de su mundo de relaciones
privadas.
En definitiva, una
novela menor, pero con buenos recursos, ingenio y entretenimiento.
Madrid 14 de mayo de 2014
Consuelo
El verano que murió Chavela
Me he permitido la licencia de cambiar la crítica o ensayo por la ficción, y para presentarles a ustedes El verano que murió Chavela me he valido de la voz de un personaje de mi invención. Es un periodista que se llama Lorenzo Perera Correa, cuyas iniciales coinciden casualmente con las de mi nombre y apellidos, pero que no tiene nada que ver conmigo. Lo he elegido porque conoce al protagonista de esta novela desde hace años y estoy convencido de que su testimonio nos puede ayudar a entenderlo mejor. Y le pido perdón al autor del libro si, de forma -por supuesto- totalmente involuntaria, la versión que nos ofrece este periodista se acaba apartando de la realidad, que sólo el conoce a ciencia cierta.
Éste es el texto
Sobre Ricardo Blanco:
Conocí a Ricardo Blanco a principios de la pasada década. Él acababa de embarcarse en aquella aventura con su amigo Moyano, y a mí me habían asignado a la sección de Sucesos. No era plato de mi gusto, pero fue la oportunidad que me dieron para quedarme fijo tras años de precariedad y contratos temporales. Tenía que lidiar con maderos y picoletos que nos miraban por encima del hombro, y mucho más si con quien se topaban era un neófito, como sucedía en mi caso.
Me hubiera encantado ser como David Guillén, que estuvo en las guerras de Bosnia y de Ruanda y que, ya a aquellas alturas, “se permitía cagarse en su jefe y en el jefe de su jefe”; pero ese privilegio sólo lo tenían unos pocos. No había quién se atreviera a toserle a nuestro más reputado reportero de guerra en aquella recién inaugurada redacción de LA PROVINCIA, junto a la Avenida Marítima, a la que nos trasladamos en la época en la que la prensa regional parecía que iba a seguir siendo un negocio boyante durante años.
Cómo me habría gustado tener los huevos de Guillén para plantarle cara a algún que otro comisario que se creía el mismísimo Maigret, porque, salvo excepciones -como la de Álvarez-, en aquella comisaría no había más que patanes que se pasaban la mayor parte del día en el bar Deenfrente, y que presumían de servicios y hazañas que sólo existían en su imaginación. También es verdad que gracias a sus fanfarronadas e indiscreciones de vez en cuando nos podíamos llevar alguna que otra noticia a la boca.
Los periodistas teníamos fama de farfulleros e irresponsables, de ir a lo nuestro sin reparar nunca en las consecuencias. Recuerdo cuándo le dieron el Pullitzer a Kevin Carter, aquel free-lance surafricano cuya foto de un niño famélico observado de cerca por un buitre mereció la portada de “The New York Times” y de otros muchos periódicos en 1993. Se decía que Carter sacó la foto a la postre premiada sabiendo que al niño le aguardaba una muerte segura y, sin embargo, fue incapaz de mover un dedo para intentar cambiar el curso de los acontecimientos. En su descargo argumentaba al parecer que, cuando obtuvo aquella instantánea, el niño estaba defecando y no creyó oportuno interrumpirlo, amén de que en los alrededores había numerosos miembros de la tribu y que no sabía cómo iban a reaccionar. Con el fin de ridiculizarnos y dejarnos en evidencia, Álvarez y sus colegas nos restregaban esa leyenda urbana por la cara. Pero David Guillén defendía que todo aquello no eran más que patrañas, que él había estado en varias contiendas y que “era mentira que uno se limitara a narrar, sin más, lo que ocurría en las guerras”, que esa foto que ganó el Pullitzer del 94 “era más falsa que una moneda de tres euros” y que “allí primero se salvaba al niño y luego se sacaba la foto”.
Claro, que menudos eran aquellos patanes para darnos lecciones de profesionalidad, ellos que nunca sabían salir por si solos de ningún embrollo y que, cuando un caso se les atravesaba, acababan llamando siempre a Ricardo Blanco. Que se dejen de gaitas. Y me consta además que, cuando llegaron los recortes y la Comisaría se quedó sin recursos para contratar servicios externos, era Susana, la esposa del comisario, la que, desplegando sus artes, acababa involucrando siempre al detective de la calle Triana en la resolución de los casos que traían de cabeza a Gervasio Álvarez, últimamente afectado por serios problemas de salud.
Conozco a Ricardo desde que estableció su negocio en ese inmueble señorial de Triana en cuyo portal sigue luciendo, tres lustros después, la placa de “Blanco & Moyano. Agencia de detectives”, que difícilmente pasa desapercibida al paseante. Mi redactor-jefe me había encargado investigar la extraña muerte de Toñuco Camember, hijo de un conocido ex senador y abogado de la capital grancanaria, que la policía se apresuró a cerrar (o eso querían hacernos creer) como un caso de simple suicidio. En Comisaría me topé de inmediato con un muro de silencio, y fue mi redactor-jefe el que, más listo que los ratones coloraos, me sugirió que me acercara a la sede de aquella agencia. El jefe presumía de olfato, y nunca pude saber cómo carajo averiguó que Blanco estaba también detrás de aquella investigación. “Ya sabes, las fuentes son sagradas”, era el mantra que él repetía y que, poco a poco, todos fuimos incorporando a nuestro repertorio de frases hechas.
No me resultó difícil trabar amistad con él. Era un tipo callejero, con apariencia un tanto bohemia, al que le gustaban la farra y las copas. Lo recordaba de verlo tiempo atrás en el Polo, el bar que a finales de los 80 regentó el periodista Pablo Socas y en el que casi a diario nos reuníamos una nutrida representación de la canallesca y otras gentes de mal vivir. Compartíamos amistades, pero nunca se dio la coincidencia de que habláramos. Lo reconocí de inmediato cuando lo vi salir de aquel viejo inmueble en compañía de María Arancha Manrique, Maracha, la prometida de Camember. “¿Buscas algo?”, me espetó directo nada más despedir a aquella pija que inundó el ambiente de Chanel. Lo invité a tomar una copa para neutralizar la embriaguez que podía haberle provocado el aroma de aquel caro perfume y acabamos los dos borrachos como cubas.
Luego me confesó que la propia agencia era el fruto de “una breve borrachera de ron y una larga amistad” con su amigo Miguel Moyano. Siempre le ha gustado trivializar y restar importancia a las cosas; pero sinceramente pienso que Ricardo es un detective vocacional, que con el ejercicio de su profesión supo llenar las aspiraciones de su difunto abuelo Nicolás Colacho Arteaga. Y, aunque no suele hablar de su padre, de alguna manera yo intuía que Ricardo lo había tenido presente a la hora de tomar esos derroteros, que seguramente se hizo detective “por el descreimiento que le supuso la temprana desaparición del progenitor”. “Ocurrió que el muy cabrón no me dio tiempo a crecer”, me dijo una noche con rabia, la rabia que todos los huérfanos e hijos únicos compartimos. Compartimos una “infancia solitaria”, esa “infancia de niño viejo que ni amigo invisible conocía”. Compartimos similar adoración por nuestros abuelos, que en ambos casos desempeñaron el rol de la figura paterna, el suyo en La Isleta y el mío, tierra adentro. Compartimos la misma querencia por el alcohol y las hembras hermosas. Vivimos, como consecuencia, algunas situaciones de riesgo, de las que él se libró siempre gracias a la pericia y providencial actuación del “matasanos” Pancho Viera, con el que también compartimos ambos noches de alcohol y desmadre. Por cierto, que la última vez que lo vi me dijo que lo había dejado del todo y que ya no probaba ni gota.
La verdad es que no sé qué nos está pasando a los hombres. A ver si va a tener razón Rosa Julios cuando dice que Ricardo “se está amariconando”. Podría decirlo de otra manera; pero lo cierto es que este Ricardo no es ni por asomo el Ricardo que conocí hace 15 años. Desde que está encoñado con esa farmacéutica, apenas se puede contar con él, ni aunque lo invites a un Calvados de esos que tanto le gustan. Cuando hablamos de mujeres y relaciones, y cuando nos preguntamos por el tiempo que se necesita “para descubrir que la otra persona es la que se va a quedar para siempre”, es de los que sostienen que “para siempre no se queda ni el ángel de la guarda”. Pero esa actitud, me temo, no es más que una coraza defensiva con la que se nos quiere mostrar a veces, porque Ricardito, en realidad, está enamorado hasta las trancas. Si por él fuera, hace tiempo que se habría trasladado de su piso de la calle Galicia al chalé de Beatriz en Tafira. No cabe duda de que las cosas están cambiando. Ahora son ellas las que reclaman espacio e independencia, y los hombres los emocionalmente dependientes.
Por lo demás, mi amigo es un tipo increíble, que ha heredado esa socarronería propia de la tierra de su abuelo Colacho y que, como todo hombre sabio, se sabe reír también de sí mismo. Me recuerda mucho a Pepe Carvalho, al que conocí cuando estuve estudiando la carrera en Barcelona. Amante de la buena mesa, no tiene nada que ver con esos detectives anglosajones alimentados a base de sándwiches grasientos y cerveza caliente, como Marlowe, Sam Spade, el sueco Walander o el mismísimo Maigret, del que nadie se explica que viviendo en Francia pueda comer tan mal. Y, lo mismo que el catalán, es poseedor de un código moral que, sin ser exclusivo, es al menos “muy particular” –“como el patio de mi casa”, admite el muy coñón-. “Nuestro trabajo es descubrir al asesino, explicar las razones –si las hay- de su acto, intentar entenderlo; pero que pague o no por su crimen es algo que ya no nos incumbe. No somos dioses”, me dice y reitera cada vez que protagoniza una actuación decisiva, como esta última de la que hemos tenido conocimiento, la desarticulación de la banda bosnia liderada por Todor Turajlic.
Poco o nada trascendería de las heroicidades y gestas de Blanco si no fuera por nosotros, los periodistas que le conocemos y le admiramos, porque como de todos es perfectamente conocido Álvarez y sus sabuesos son muy propensos a colgarse ellos todas las medallas. Lo raro es que a Margarita Esponda, habiéndose saltado las órdenes de sus jefes, la hayan propuesto para un ascenso, precisamente a causa de su heroica intervención en la Punta de las Peñas, donde encontraron fondeado el “Ille de Crete”, barco que, a pesar de ese nombre, resultó no ser ni francés ni griego.
He querido hacer esta presentación para que se hagan una idea de quién y cómo es Ricardo Blanco. Espero no haberles cansado. Tendría muchas más cosas que contarles, y podría hablarles por ejemplo de sus gustos musicales y literarios, u otros muchos aspectos de su personalidad que demuestran que no estamos ante un vulgar “huelebraguetas”, que estamos ante un auténtico protagonista de novela o de cine; pero para conocer más les invito a leer mis crónica en LA PROVINCIA, o estar atentos a las novedades de la pantalla, porque estoy seguro de que nuestro particular héroe, más tarde o más temprano, acabará convertido en personaje de cine.
Las Palmas de Gran Canaria, a 10 de abril de 2014
Lorenzo Perera Correa
Éste es el texto
Sobre Ricardo Blanco:
Conocí a Ricardo Blanco a principios de la pasada década. Él acababa de embarcarse en aquella aventura con su amigo Moyano, y a mí me habían asignado a la sección de Sucesos. No era plato de mi gusto, pero fue la oportunidad que me dieron para quedarme fijo tras años de precariedad y contratos temporales. Tenía que lidiar con maderos y picoletos que nos miraban por encima del hombro, y mucho más si con quien se topaban era un neófito, como sucedía en mi caso.
Me hubiera encantado ser como David Guillén, que estuvo en las guerras de Bosnia y de Ruanda y que, ya a aquellas alturas, “se permitía cagarse en su jefe y en el jefe de su jefe”; pero ese privilegio sólo lo tenían unos pocos. No había quién se atreviera a toserle a nuestro más reputado reportero de guerra en aquella recién inaugurada redacción de LA PROVINCIA, junto a la Avenida Marítima, a la que nos trasladamos en la época en la que la prensa regional parecía que iba a seguir siendo un negocio boyante durante años.
Cómo me habría gustado tener los huevos de Guillén para plantarle cara a algún que otro comisario que se creía el mismísimo Maigret, porque, salvo excepciones -como la de Álvarez-, en aquella comisaría no había más que patanes que se pasaban la mayor parte del día en el bar Deenfrente, y que presumían de servicios y hazañas que sólo existían en su imaginación. También es verdad que gracias a sus fanfarronadas e indiscreciones de vez en cuando nos podíamos llevar alguna que otra noticia a la boca.
Los periodistas teníamos fama de farfulleros e irresponsables, de ir a lo nuestro sin reparar nunca en las consecuencias. Recuerdo cuándo le dieron el Pullitzer a Kevin Carter, aquel free-lance surafricano cuya foto de un niño famélico observado de cerca por un buitre mereció la portada de “The New York Times” y de otros muchos periódicos en 1993. Se decía que Carter sacó la foto a la postre premiada sabiendo que al niño le aguardaba una muerte segura y, sin embargo, fue incapaz de mover un dedo para intentar cambiar el curso de los acontecimientos. En su descargo argumentaba al parecer que, cuando obtuvo aquella instantánea, el niño estaba defecando y no creyó oportuno interrumpirlo, amén de que en los alrededores había numerosos miembros de la tribu y que no sabía cómo iban a reaccionar. Con el fin de ridiculizarnos y dejarnos en evidencia, Álvarez y sus colegas nos restregaban esa leyenda urbana por la cara. Pero David Guillén defendía que todo aquello no eran más que patrañas, que él había estado en varias contiendas y que “era mentira que uno se limitara a narrar, sin más, lo que ocurría en las guerras”, que esa foto que ganó el Pullitzer del 94 “era más falsa que una moneda de tres euros” y que “allí primero se salvaba al niño y luego se sacaba la foto”.
Claro, que menudos eran aquellos patanes para darnos lecciones de profesionalidad, ellos que nunca sabían salir por si solos de ningún embrollo y que, cuando un caso se les atravesaba, acababan llamando siempre a Ricardo Blanco. Que se dejen de gaitas. Y me consta además que, cuando llegaron los recortes y la Comisaría se quedó sin recursos para contratar servicios externos, era Susana, la esposa del comisario, la que, desplegando sus artes, acababa involucrando siempre al detective de la calle Triana en la resolución de los casos que traían de cabeza a Gervasio Álvarez, últimamente afectado por serios problemas de salud.
Conozco a Ricardo desde que estableció su negocio en ese inmueble señorial de Triana en cuyo portal sigue luciendo, tres lustros después, la placa de “Blanco & Moyano. Agencia de detectives”, que difícilmente pasa desapercibida al paseante. Mi redactor-jefe me había encargado investigar la extraña muerte de Toñuco Camember, hijo de un conocido ex senador y abogado de la capital grancanaria, que la policía se apresuró a cerrar (o eso querían hacernos creer) como un caso de simple suicidio. En Comisaría me topé de inmediato con un muro de silencio, y fue mi redactor-jefe el que, más listo que los ratones coloraos, me sugirió que me acercara a la sede de aquella agencia. El jefe presumía de olfato, y nunca pude saber cómo carajo averiguó que Blanco estaba también detrás de aquella investigación. “Ya sabes, las fuentes son sagradas”, era el mantra que él repetía y que, poco a poco, todos fuimos incorporando a nuestro repertorio de frases hechas.
No me resultó difícil trabar amistad con él. Era un tipo callejero, con apariencia un tanto bohemia, al que le gustaban la farra y las copas. Lo recordaba de verlo tiempo atrás en el Polo, el bar que a finales de los 80 regentó el periodista Pablo Socas y en el que casi a diario nos reuníamos una nutrida representación de la canallesca y otras gentes de mal vivir. Compartíamos amistades, pero nunca se dio la coincidencia de que habláramos. Lo reconocí de inmediato cuando lo vi salir de aquel viejo inmueble en compañía de María Arancha Manrique, Maracha, la prometida de Camember. “¿Buscas algo?”, me espetó directo nada más despedir a aquella pija que inundó el ambiente de Chanel. Lo invité a tomar una copa para neutralizar la embriaguez que podía haberle provocado el aroma de aquel caro perfume y acabamos los dos borrachos como cubas.
Luego me confesó que la propia agencia era el fruto de “una breve borrachera de ron y una larga amistad” con su amigo Miguel Moyano. Siempre le ha gustado trivializar y restar importancia a las cosas; pero sinceramente pienso que Ricardo es un detective vocacional, que con el ejercicio de su profesión supo llenar las aspiraciones de su difunto abuelo Nicolás Colacho Arteaga. Y, aunque no suele hablar de su padre, de alguna manera yo intuía que Ricardo lo había tenido presente a la hora de tomar esos derroteros, que seguramente se hizo detective “por el descreimiento que le supuso la temprana desaparición del progenitor”. “Ocurrió que el muy cabrón no me dio tiempo a crecer”, me dijo una noche con rabia, la rabia que todos los huérfanos e hijos únicos compartimos. Compartimos una “infancia solitaria”, esa “infancia de niño viejo que ni amigo invisible conocía”. Compartimos similar adoración por nuestros abuelos, que en ambos casos desempeñaron el rol de la figura paterna, el suyo en La Isleta y el mío, tierra adentro. Compartimos la misma querencia por el alcohol y las hembras hermosas. Vivimos, como consecuencia, algunas situaciones de riesgo, de las que él se libró siempre gracias a la pericia y providencial actuación del “matasanos” Pancho Viera, con el que también compartimos ambos noches de alcohol y desmadre. Por cierto, que la última vez que lo vi me dijo que lo había dejado del todo y que ya no probaba ni gota.
La verdad es que no sé qué nos está pasando a los hombres. A ver si va a tener razón Rosa Julios cuando dice que Ricardo “se está amariconando”. Podría decirlo de otra manera; pero lo cierto es que este Ricardo no es ni por asomo el Ricardo que conocí hace 15 años. Desde que está encoñado con esa farmacéutica, apenas se puede contar con él, ni aunque lo invites a un Calvados de esos que tanto le gustan. Cuando hablamos de mujeres y relaciones, y cuando nos preguntamos por el tiempo que se necesita “para descubrir que la otra persona es la que se va a quedar para siempre”, es de los que sostienen que “para siempre no se queda ni el ángel de la guarda”. Pero esa actitud, me temo, no es más que una coraza defensiva con la que se nos quiere mostrar a veces, porque Ricardito, en realidad, está enamorado hasta las trancas. Si por él fuera, hace tiempo que se habría trasladado de su piso de la calle Galicia al chalé de Beatriz en Tafira. No cabe duda de que las cosas están cambiando. Ahora son ellas las que reclaman espacio e independencia, y los hombres los emocionalmente dependientes.
Por lo demás, mi amigo es un tipo increíble, que ha heredado esa socarronería propia de la tierra de su abuelo Colacho y que, como todo hombre sabio, se sabe reír también de sí mismo. Me recuerda mucho a Pepe Carvalho, al que conocí cuando estuve estudiando la carrera en Barcelona. Amante de la buena mesa, no tiene nada que ver con esos detectives anglosajones alimentados a base de sándwiches grasientos y cerveza caliente, como Marlowe, Sam Spade, el sueco Walander o el mismísimo Maigret, del que nadie se explica que viviendo en Francia pueda comer tan mal. Y, lo mismo que el catalán, es poseedor de un código moral que, sin ser exclusivo, es al menos “muy particular” –“como el patio de mi casa”, admite el muy coñón-. “Nuestro trabajo es descubrir al asesino, explicar las razones –si las hay- de su acto, intentar entenderlo; pero que pague o no por su crimen es algo que ya no nos incumbe. No somos dioses”, me dice y reitera cada vez que protagoniza una actuación decisiva, como esta última de la que hemos tenido conocimiento, la desarticulación de la banda bosnia liderada por Todor Turajlic.
Poco o nada trascendería de las heroicidades y gestas de Blanco si no fuera por nosotros, los periodistas que le conocemos y le admiramos, porque como de todos es perfectamente conocido Álvarez y sus sabuesos son muy propensos a colgarse ellos todas las medallas. Lo raro es que a Margarita Esponda, habiéndose saltado las órdenes de sus jefes, la hayan propuesto para un ascenso, precisamente a causa de su heroica intervención en la Punta de las Peñas, donde encontraron fondeado el “Ille de Crete”, barco que, a pesar de ese nombre, resultó no ser ni francés ni griego.
He querido hacer esta presentación para que se hagan una idea de quién y cómo es Ricardo Blanco. Espero no haberles cansado. Tendría muchas más cosas que contarles, y podría hablarles por ejemplo de sus gustos musicales y literarios, u otros muchos aspectos de su personalidad que demuestran que no estamos ante un vulgar “huelebraguetas”, que estamos ante un auténtico protagonista de novela o de cine; pero para conocer más les invito a leer mis crónica en LA PROVINCIA, o estar atentos a las novedades de la pantalla, porque estoy seguro de que nuestro particular héroe, más tarde o más temprano, acabará convertido en personaje de cine.
Las Palmas de Gran Canaria, a 10 de abril de 2014
Lorenzo Perera Correa
domingo, 29 de diciembre de 2013
martes, 12 de noviembre de 2013
A sangre fría
“el caso Clutter fue, seguramente, el primero de los numerosos crímenes horribles, aquellos asesinatos masivos que acompañaron a los asesinatos políticos...Quizá por primera vez Capote percibió como una sociedad se definía a sí misma en relación con sus crímenes, con su capacidad para asesinar”.
La primera valoración es que me ha gustado mucho el libro (no se si será deformación profesional).
A lo largo de todo el libro llama la atención la riqueza narrativa de Capote, capaz de trasladarnos al mismo lugar en el que ocurre el crimen, de adentrarnos en la sociedad americana más rural y recóndita, de describir lugares con la misma riqueza de matices y detalles que describe los personajes y su personalidad y sentimientos mas íntimos.
Primero prepara el camino retratando la vida común, ordinaria, alejada de cualquier sobresalto de la familia Clutter.Creo que cualquiera de nosotros, con matices, podríamos identificarnos con esa familia .Para colmo todos sus componentes, en particular el cabeza de familia y su hija, parecen adornados de enormes cualidades que les hacen a nuestros ojos entrañables y que provocan aun si cabe una mayor repulsión a tan violento crimen.
Llevan vidas apacibles ,ayudan a sus vecinos ,son envidiados y queridos a la par ,y un buen día ,sin que nada haga presagiar desenlace tan fatal, su vida acaba de forma brutal ,inesperada ,al tiempo que absurda.
Esto en mi opinión conecta con la fragilidad de la vida y nuestra exposición constante a riesgos, ni siquiera sospechados por nosotros, que reflejan lo mutable de las circunstancias, de tu propia realidad e incluso existencia.
.
Por contraposición se nos expone a dos personajes en principio despreciables que de forma casi casual y absurda acaban con la vida de toda una familia.
A pesar de que los investigadores tratan de buscar una explicación “lógica “al brutal crimen, la realidad se impone a lo largo de las paginas del libro.
Lo más difícil de comprender es el absurdo, la acción sin causas ni móviles ni beneficios, lo poco pensado, la perversión, y en este caso, el "asesinato sin motivos aparentes", quizás por esa tentación constante que acompaña a la naturaleza humana de saber, buscar el porque de las cosas.
Resulta relevante, al tiempo que brillante narrativamente hablando , la simbiosis delictiva que se establece entre Dick y P,erry y sus victimas y a su vez entre ellos mismos , así como la extraña manera de elegir a sus víctimas por las descripciones de un compañero de prisión de ambos, que se convierte en el único medio para identificar a los asesinos.
Ambos despliegan un amplio catálogo de perversiones (baste el ejemplo de los abusos sexuales de Dick y su afición a los menores de edad), no manifiestan conciencia, arrepentimiento, o cualquier emoción empática, propia por otro lado de las personalidades psicopaticas.
Resulta sorprendente el giro final del libro cuando la evidencia se impone a la intuición o previsión .A lo largo de todas las paginas del libro ,desde la ideación del delito y la descripción de las personalidades de los asesinos ,Perry parece un ser mas conectado a las emociones ,incapaz de ejecutar tan macabro plan ,casi abocado a ello por la personalidad arrolladora de Dick, llegando incluso a parecer por momentos que es una victima del anterior ,resultando que al final es el ejecutor de la familia y que sus aparentes emociones ,su percepción de la perversión y maldad de Dick no son sino fruto y reflejo de su propia enfermedad mental ,que no de una sensibilidad (antesala de ello son sus ideaciones a cerca de sus hermana y la posibilidad de que ella hubiese sido la habitante de la granja ).
Comencé al principio de mi comentario hablando de la deformación profesional y es que la descripción de las circunstancias personales, familiares y sociales de los asesinos recuerdan, y mucho, a los informes del equipo técnico de la Jurisdicción de menores.
La importancia de la familia, de los valores que solo ella puede transmitir y la seguridad que al individuo proporciona, por contraposición al efecto devastador que genera la desafección familiar o la exposición y sobreexposición a la violencia y degeneración durante nuestra edades mas tempranas, van inevitablemente unidas a la trayectoria vital del ser humano, al respeto, o a la trasgresión de la norma (de todo esto es un claro ejemplo Perry).
Por el contrario la casualidad y la causalidad de Dick, querido por su familia, con opciones en el mundo educativo y laboral, revelan la importancia de una buena elección en aquellos que tienen una alternativa y las consecuencias nefastas que genera lo contrario.
La hipocresía de la sociedad en general, la desconfianza, el sistema penitenciario americano, la descripción del corredor de la muerte, la incertidumbre de los que se encuentran en el mismo son también temas tratados en el libro.
En definitiva que el libro me ha encantado tanto narrativamente hablando, como por las emociones que provoca.
Montse, Las Palmas GC diciembre 2013
miércoles, 9 de octubre de 2013
Maridos
A cuentagotas.
Maridos es un libro para leer a cuentagotas.
Es un libro ideal para la alcoba, para leer cada noche uno o dos relatos antes de cerrar los ojos; como puente entre el sueño de papel y el sueño de tinieblas.
En pequeñas dosis; para saborear cada rincón de unos párrafos plagados de sentidos y evocaciones. La prosa es de estructura sencilla, de palabras claras y llanas, con frases de gran intensidad que condensan al máximo situaciones cotidianas y filosofías de vida y de vidas.
Menos es más. En tres o cuatro folios Angeles Mastretta desenvuelve argumentos que otro autor hubiera decidido desarrollar en una novela corta. Exige el máximo de atención al lector, si quiere envolverse en la plenitud del sentido que encierra cada renglón.
Son historias de mujeres. Son historias que se cuentan las mujeres. Son esas historias que las mujeres desgranan a media voz en un rincón de una cafetería, en una terraza de verano o en la intimidad de una sala de estar; con franqueza, sin excesivos adornos, con la crudeza de una realidad que las asfixia y las maltrata.
Son historias que cuentan las mujeres a otras mujeres.
Son historias de mujeres que aman y quieren ser amadas; que necesitan el amor, que tienen que conformarse con algunos de los sucedáneos que la vida les dispensa en cada atajo; mujeres que, llegada la ocasión, lo arriesgan todo a una pasión incierta.
Son mujeres abandonadas a su suerte en un escenario de corte conservador en el que el hombre impone sus caprichos. Y al fin y al cabo, ¿qué pueden esperar de los hombres, seres egoístas, egotistas y ególatras que nada comprenden?
Es la vida. La fantasía de la autora añade, adorna, corrige, dramatiza; ahora bien, la base es la realidad cotidiana, una realidad que se impone al arte ya a la literatura.
Mastretta describe un patrón de referencia de relación de pareja basado en la referencia inicial del matrimonio tradicional; un modelo en el que el marido marca aparentemente las reglas, toma las decisiones y dispone a su capricho; un mundo en el que la mujer acata y asume a su manera esta dominación, si bien se protege y se defiende con una mayor fortaleza interior y con un control de los afectos del grupo familiar; en ocasiones, incluso, se atreve a traspasar la frontera que marca el límite de la fidelidad y la convención.
Historias marcadas por la pasión, por la atracción fatal, por el dominio de los sentimientos, con grandes dosis de resignación y de asunción de lo inevitable.
Maridos es un libro para leer a cuentagotas.
Es un libro ideal para la alcoba, para leer cada noche uno o dos relatos antes de cerrar los ojos; como puente entre el sueño de papel y el sueño de tinieblas.
En pequeñas dosis; para saborear cada rincón de unos párrafos plagados de sentidos y evocaciones. La prosa es de estructura sencilla, de palabras claras y llanas, con frases de gran intensidad que condensan al máximo situaciones cotidianas y filosofías de vida y de vidas.
Menos es más. En tres o cuatro folios Angeles Mastretta desenvuelve argumentos que otro autor hubiera decidido desarrollar en una novela corta. Exige el máximo de atención al lector, si quiere envolverse en la plenitud del sentido que encierra cada renglón.
Son historias de mujeres. Son historias que se cuentan las mujeres. Son esas historias que las mujeres desgranan a media voz en un rincón de una cafetería, en una terraza de verano o en la intimidad de una sala de estar; con franqueza, sin excesivos adornos, con la crudeza de una realidad que las asfixia y las maltrata.
Son historias que cuentan las mujeres a otras mujeres.
Son historias de mujeres que aman y quieren ser amadas; que necesitan el amor, que tienen que conformarse con algunos de los sucedáneos que la vida les dispensa en cada atajo; mujeres que, llegada la ocasión, lo arriesgan todo a una pasión incierta.
Son mujeres abandonadas a su suerte en un escenario de corte conservador en el que el hombre impone sus caprichos. Y al fin y al cabo, ¿qué pueden esperar de los hombres, seres egoístas, egotistas y ególatras que nada comprenden?
Es la vida. La fantasía de la autora añade, adorna, corrige, dramatiza; ahora bien, la base es la realidad cotidiana, una realidad que se impone al arte ya a la literatura.
Mastretta describe un patrón de referencia de relación de pareja basado en la referencia inicial del matrimonio tradicional; un modelo en el que el marido marca aparentemente las reglas, toma las decisiones y dispone a su capricho; un mundo en el que la mujer acata y asume a su manera esta dominación, si bien se protege y se defiende con una mayor fortaleza interior y con un control de los afectos del grupo familiar; en ocasiones, incluso, se atreve a traspasar la frontera que marca el límite de la fidelidad y la convención.
Historias marcadas por la pasión, por la atracción fatal, por el dominio de los sentimientos, con grandes dosis de resignación y de asunción de lo inevitable.
Jose Las Palmas GC Noviembre 2013
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